Imagina volver de vacaciones y encontrarte estropeada una placa de Petri (un mini invernadero transparente de vidrio o plástico donde los científicos crecen microorganismos). La mayoría de personas tiraría la placa sin más; Alexander Fleming no. En ese gesto —mirar con atención donde otros ven suciedad — se encuentra el corazón de muchas grandes historias de la ciencia: serendipia + mirada entrenada = descubrimiento.
1928 – Alexander Fleming y la penicilina
En septiembre de 1928, el escocés Alexander Fleming regresaba de sus vacaciones a su laboratorio en el St. Mary’s Hospital de Londres. Al revisar sus placas de cultivo con Staphylococcus aureus, notó algo extraño: una de ellas había quedado contaminada con un hongo, y alrededor de este no crecían las bacterias.
Lo que podría haber sido un accidente de laboratorio fue, en realidad, la pista hacia el primer antibiótico, la penicilina. El descubrimiento no fue inmediato, pero esa observación inicial abrió un camino que salvaría millones de vidas.

El azar fue literalmente una espora caída en el lugar y momento precisos. Fleming tuvo la mirada y la curiosidad necesarias para no desechar el hallazgo como una simple contaminación. Creación propia con ayuda de inteligencia artificial (ChatGPT, OpenAI, 2025).
El descubrimiento de Fleming fue el punto de partida. Durante la década de 1930 y principios de 1940, investigadores como Howard Florey, Ernst Chain y colaboradores —incluido Norman Heatley, con aportes técnicos clave— desarrollaron métodos para purificar y producir penicilina a escala suficiente para ensayos clínicos. El resultado fue la introducción de un antibiótico eficaz en la práctica médica, con un impacto enorme en la mortalidad por infecciones bacterianas, sobre todo durante la Segunda Guerra Mundial. Fleming, Florey y Chain recibieron el Premio Nobel (Fisiología o Medicina) en 1945 por este conjunto de logros.
Más información sobre este premio: https://www.nobelprize.org/prizes/medicine/1945/summary/
La historia de Fleming no es solo anécdota histórica. Ilustra cómo la combinación de curiosidad, formación y oportunidad puede cambiar el mundo. También nos recuerda que los avances biomédicos no son solo “ideas brillantes” aisladas: son procesos largos que implican descubrimiento, colaboración, desarrollo, producción y por supuesto, regulación.
Así que ya sabes, la próxima vez que veas “algo raro” en un experimento, una observación clínica o un conjunto de datos, recuerda a Fleming: no es solo suerte. Es una oportunidad que exige una mente curiosa, un método sólido y el valor de investigar lo inesperado. Esa actitud es, hoy como ayer, la chispa que enciende la innovación en las ciencias de la salud.
Y tú, ¿Qué otras serendipias en ciencia conoces?.
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