Entre las alargadas sombras del crepúsculo, cuando los murciélagos despiertan y la humanidad duerme, algo más antiguo que el miedo se pone en movimiento. Los virus —invisibles, persistentes, eternos— viajan en el interior de las criaturas de la noche, suspendidos entre la vida y la muerte. No laten ni respiran, pero sueñan con apoderarse de ti.


Cuando la vida se oculta en la sombra, la muerte aparece en la luz

Mucho antes de que la ciencia conociera su existencia, los humanos ya temían su comportamiento. Seres malignos que desaparecían durante años y que, ocultos en el aire, consumían las almas.

No hablo de los upir de la tradición eslava, los no muertos que se levantan de la tumba en un susurro nocturno para beber la sangre o energía vital de los vivos. Estos vampiros surgidos de las penumbras no son más que murciélagos (o murciégalos, como dice mi hija de 5 años), los únicos mamíferos voladores conocidos. O tal vez ni siquiera son ellos, si no los pequeños fantasmas de la biología que esconden en su pequeño cuerpo: un universo de virus, seres ni vivos ni muertos que han aprendido a convivir con ellos durante milenios y que vuelven a despertar de su letargo cuando las condiciones les son propicias.

Estos increíbles seres microscópicos, los virus, sí merecen el calificativo de malignos: cuando no nos destruyen, algunos domestican nuestro sistema inmunitario o se esconden de él para permanecer latentes durante años hasta que vuelven a dar «señales de vida». Y cuando lo hacen, ahora sí, es para arrebatárnosla.

A veces, sin embargo, patógeno y huésped aprenden el uno del otro hasta que alcanzan un pacto evolutivo de convivencia. Los murciélagos, por ejemplo, sobreviven a infecciones que matarían a cualquier otro mamífero, de modo que los virus que los infectan encuentran refugio sin necesidad de destruir a su huésped, llamado en la jerga científica «reservorio». Es una alianza ancestral, casi poética: una elegante forma de alcanzar la inmortalidad.

Así, los vampiros literarios buscan la vida eterna en la sangre; los virus, en cambio, la hallan en los genomas que dejan atrás. Ambos se perpetúan a través de sus víctimas.

Imagen simulada de un murciélago Desmodus rotundus, con colmillos exagerados mediante algoritmos de inteligencia artificial. Este hematófago, presente en hispanoamérica, está especializado en lamer sangre, principalmente de vacas, caballos y cerdos. Su saliva contiene anticoagulantes como la draculina, que impiden la coagulación de la sangre mientras se alimenta. Este pequeño quiróptero tiene gran importancia epidemiológica, pues es transmisor del terrible virus de la rabia.

Así que si ves de día un murciélago en el suelo, desorientado, ni se te ocurra cogerlo: podría morderte y transmitirte algún patógeno infeccioso, como el virus de la rabia.


¿Es la rabia la enfermedad de los temibles vampiros?

El virus de la rabia es una entidad biológica casi perfecta en su crueldad. Penetra el cuerpo por una mordedura y avanza por los nervios hacia el cerebro. Una mordedura en la cara o cuello puede causar síntomas en días o pocas semanas, mientras que en una pierna puede tardar meses (lo que tarda en llegar al cerebro). Una vez instalado en el cerebro, el infectado más vale que se encomiende a Dios, pues la tasa de mortalidad es prácticamente del 100%.

Una vez el virus alcanza el cerebro, los síntomas son esclarecedores: el virus se replica en neuronas del sistema límbico, causando agresividad, hidrofobia, alucinaciones, insomnio y aversión por la luz. Además, daña los nervios que coordinan la deglución y a la vez activa las glándulas salivales, por lo que se acumula un exceso de saliva que además no se puede tragar. Modificar el comportamiento del huésped para que produzca se vuelva agresivo y acumule gran cantidad de baba en la boca asegura la propagación del virus al morder el contagiado a otros animales o personas.

Ante este panorama, es lógico pensar que ante los ojos de nuestros antepasados, quienes padecían la rabia eran víctimas de una horrible maldición. No podían descansar ni morir en paz, como el archiconocido conde Drácula, que no nació de la nada en la imaginación de Bram Stoker, sino tal vez en la observación de los horrorosos efectos de la rabia, un virus que sigue causando decenas de miles de muertes cada año.


Puede que caiga el mito, pero el miedo continúa

Aunque la ciencia moderna haya desenmascarado a vampiros, brujas y miasmas, el miedo a enfermar por seres malignos que nos acechan persiste. Este pavor no es infundado, pues no hace falta que te muerda un perro rabioso o un vampiro para padecer el terrible efecto de los virus.

Los virus no sienten el paso del tiempo ni temen la muerte. Simplemente esperan. Pueden permanecer invisibles en un animal doméstico o una superficie que tocas para cobrar vida e iniciar su ciclo de replicación y así perpetuarse eternamente, mientras existan cuerpos dispuestos a recibirlos.

Coronavirus, Ébola, Marburgo, Hendra o Nipah. Cada brote viral es un recordatorio de que los vampiros siguen aquí, acechando tras los muros de nuestras ciudades. El virus Nipah, por ejemplo, se transmite cuando los murciélagos frugívoros muerden una fruta o contaminan con su saliva la savia de palma que los humanos recogen al amanecer.

El virus Nipah, transmitido por zorros voladores (género Pteropus) causa brotes recurrentes en el sudeste asiático y puede causar una tasa de mortalidad de hasta el 75%.

Los verdaderos seres inmortales

Los virus no son destructores de la vida, sino más bien su sombra inseparable. Algunos virus incluso se integran en nuestro propio ADN. Hasta un 8% del genoma humano procede de virus antiguos que infectaron a nuestros antepasados y se fusionaron con su herencia genética. Somos, en parte, descendientes de virus.

Por ello tal vez debiéramos verlos de otro modo, como la memoria eterna del planeta: fragmentos de ácidos nucleicos de lo que alguna vez fue vivo, esperando volver a serlo.

Cada descubrimiento en virología nos obliga a preguntarnos qué significa realmente estar vivo. Los virus nos devuelven una imagen inquietante: la de la vida que no muere, la del miedo que perdura, la del contagio eterno.

No necesitan ataúdes ni castillos. Sólo un huésped. Y mientras haya uno… los vampiros invisibles seguirán respirando a través de nosotros.

¡Feliz Halloween!

¿Quieres saber más sobre vampiros, mosquitos y otros chupasangres?. Échale un vistazo al magnífico artículo de Alex Ritcher: https://www.mosquitoalert.com/vampiros-mosquitos-y-otros-chupasangres/

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