Suspendida en el aire, inmóvil y silenciosa, la impresionante araña tigre parece no hacer nada. Pero bajo sus ocho patas se extiende una trampa de precisión: una red de seda que detecta el más leve temblor, delata la llegada de una presa y guía a la cazadora hasta ella. No necesita perseguir ni saltar. Esta tigresa de ocho ojos ha convertido unos delicados hilos en su territorio, sus sentidos y su arma de caza.

Hembra de araña tigre (Argiope bruennichi) vista desde su cara dorsal. El abdomen presenta el característico patrón de bandas amarillas, negras y blanquecinas que recuerda a la coloración de una avispa, mientras que las largas patas anilladas se mantienen extendidas sobre los radios de la telaraña. Su postura en forma de cruz y el abdomen ovalado, ligeramente apuntado en el extremo posterior, son rasgos distintivos de esta gran araña tejedora. Fotografiada en Montserrat, Valencia.
A primera vista, los colores de la araña tigre parecen una mala idea. Una depredadora situada en medio de una tela debería intentar pasar inadvertida, no exhibir un abdomen amarillo, negro y blanco.
La explicación más popular es que imita la apariencia de una avispa y disuade a posibles depredadores. Sin embargo, su coloración también puede estar dirigida hacia las presas. En un estudio experimental, las arañas que conservaban su coloración natural capturaron más insectos que aquellas cuyo abdomen había sido oscurecido o escondido visualmente. Los resultados respaldaron con fuerza la hipótesis de que el patrón brillante funciona como señuelo visual, aunque también podría contribuir en menor medida a romper la silueta de la araña sobre el fondo.
En otras palabras, aquello que para nosotros parece una señal de advertencia puede resultar atractivo para determinados insectos. Las flores no son los únicos organismos que explotan la sensibilidad visual de sus visitantes.
Ocho ojos, pero no la mirada de una araña saltarina
Como la mayoría de las arañas, Argiope bruennichi posee ocho ojos simples, cada uno con su propia lente. No son ojos compuestos como los de las moscas o las libélulas, formados por multitud de omatidios, sino pequeñas cámaras individuales agrupadas en la parte anterior del prosoma.
La diferencia con las arañas saltarinas, pertenecientes a la familia Salticidae, no está tanto en el número como en la especialización. Las saltarinas también tienen ocho ojos, pero sus dos grandes ojos centrales anteriores actúan como pequeños telescopios: proporcionan elevada resolución, permiten reconocer formas y colores y ayudan a calcular con precisión la distancia antes de saltar y abalanzarse sobre su presa. Los otros seis amplían el campo visual y detectan movimientos alrededor del animal.

Vista frontal de un saltícido. A diferencia de la araña tigre, que espera las vibraciones producidas en su red, esta diminuta araña saltarina es una cazadora visual activa. Los grandes ojos centrales proporcionan una visión de alta resolución, mientras que bajo ellos destacan los robustos quelíceros rojizos, terminados en colmillos curvos. Los pedipalpos, más pequeños y cubiertos de pelos, ayudan a explorar y manipular la presa durante la alimentación. Fotografía tomada en la terraza de mi casa, en Valencia.
Los ojos de la araña tigre son mucho más pequeños y su visión es comparativamente modesta. Puede percibir cambios luminosos, movimiento y objetos próximos, pero no necesita identificar visualmente una presa situada a distancia. Su estrategia evolutiva ha sido diferente: en lugar de buscar activamente la comida, ha construido una superficie sensorial gigantesca.
Para una Argiope, la telaraña es una especie de oído extendido. Cuando un insecto choca contra la red, genera ondas cuya frecuencia, intensidad y dirección se transmiten por los hilos hasta las patas de la araña. Los receptores mecánicos situados en las patas y articulaciones le permiten distinguir la caída de una hoja, el viento, la presencia de una presa o incluso las vibraciones producidas por un macho durante el cortejo. Las arañas tejedoras dependen mucho más de estas señales mecánicas que de la visión.
Una telaraña que también es un órgano sensorial
La araña tigre construye una gran tela orbicular, con radios que parten de una zona central y una espiral de captura recubierta de material adhesivo. Suele instalarla a poca altura, entre gramíneas, juncos y otras plantas de praderas húmedas o espacios abiertos. En condiciones favorables, las redes de las hembras pueden alcanzar alrededor de treinta centímetros de diámetro.
La araña permanece normalmente cerca del centro, con la cabeza orientada hacia abajo y las patas agrupadas por parejas, formando una silueta parecida a una X. Esa postura no es meramente estética: mantiene varias patas en contacto con diferentes radios y facilita la recepción de vibraciones procedentes de distintos sectores de la red.
En muchas telas aparece además una banda de seda blanca y densa, frecuentemente dispuesta en zigzag, denominada estabilimento (se puede observar en la parte inferior de la fotografía de la primera foto). Durante años se pensó que servía para reforzar estructuralmente la tela, pero hoy se considera que su función es bastante más compleja. Se ha propuesto que puede atraer insectos sensibles a la radiación ultravioleta, disimular la silueta de la araña o hacer visible la red para evitar que aves y otros animales grandes la destruyan al atravesarla.
Primero seda, después veneno
Cuando una presa queda atrapada, la araña tigre no se limita a correr hacia ella y morderla. Las especies del género Argiope están especializadas en lanzar rápidamente grandes cantidades de seda aciniforme, utilizada para envolver y reducir los movimientos del insecto.
La araña gira alrededor de la presa mientras proyecta sobre ella una auténtica sábana de seda. Solo cuando el animal está inmovilizado puede morderlo e inocular el veneno que facilita su parálisis y posterior digestión. Este predominio del ataque mediante envoltura resulta especialmente útil frente a ortópteros como saltamontes y grillos, que pueden ser grandes, fuertes y capaces de dañar a la araña con sus patas.
Una hembra muy grande junto a un macho diminuto
La araña tigre de la segunda fotografía es casi con seguridad una hembra, pues en la parte inferior se distingue una protuberancia redondeada, marrón o rojiza, que con gran probabilidad es el epigino de la hembra y, más concretamente, su prominente escapo. El epigino es la parte externa y endurecida del aparato reproductor femenino. En Argiope bruennichi, el escapo sobresale como una lengüeta o relieve abombado y cubre parcialmente la región de las aberturas genitales. Durante la cópula, esta estructura guía y se acopla con los órganos copuladores situados en los pedipalpos del macho. Su forma es tan específica que los aracnólogos la utilizan para distinguir especies muy próximas.
Su presencia bien desarrollada, junto con el gran tamaño y el patrón cromático, confirma que la protagonista de las fotografías es una hembra adulta. En esta especie, el escapo cubre las aberturas genitales y constituye una de las estructuras utilizadas para reconocer la madurez sexual de la hembra.
Las hembras pueden medir aproximadamente entre 10 y 22 milímetros de longitud corporal, sin contar las patas, mientras que los machos suelen quedarse entre 7 y 8 milímetros. Además, estos últimos son mucho más delgados y discretos, sin el espectacular abdomen de las hembras.

Hembra de araña tigre —probablemente Argiope bruennichi— vista desde su cara ventral. El abdomen oscuro con bandas amarillas longitudinales, las patas anilladas y la postura invertida sobre la tela son característicos de esta gran araña orbicular. Fotografía tomada en Montserrat, Valencia.
Esta diferencia de tamaño convierte el apareamiento en una operación peligrosa. El macho se aproxima a la tela y produce vibraciones específicas para comunicar que no es una presa. Aun así, el canibalismo sexual es frecuente. En experimentos de laboratorio se observó que cerca del 80 % de los machos eran capturados durante su primera inserción copulatoria, y una segunda cópula podía resultar inevitablemente mortal. Estas cifras dependen de las condiciones experimentales y no deben interpretarse como una tasa fija para todas las poblaciones silvestres.
El macho dispone de dos pedipalpos copuladores y puede dejar fragmentos de ellos dentro de los conductos genitales de la hembra. Estos fragmentos actúan como tapones y dificultan la inseminación por otros machos. Se trata de un ejemplo extremo de conflicto sexual: la hembra puede beneficiarse de aparearse con diferentes individuos, mientras que el macho intenta asegurar su propia paternidad.
Los machos también tejen y cazan durante su juventud, pero al alcanzar la madurez abandonan la vida sedentaria de la red y salen en busca de hembras. Ella conserva la casa y la despensa; él cambia la telaraña por una peligrosa vida de explorador, con la desventaja de que cada encuentro puede terminar en cita, cópula y cena. Gajes del oficio.
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