Decía mi ídolo Bruce Lee que cuanto más comprendemos, más profundo se vuelve nuestro vínculo con todo lo que nos rodea. Quizá por eso observar y hacerse preguntas sobre aquello que encontramos mientras viajamos sea una de las formas más agradables de aprender sobre el lugar y lo que lo habita.
Hoy quiero rendir un pequeño homenaje a unos pequeños reptiles que fui encontrando por el camino en distintos lugares de España y que esconden una historia evolutiva de más de 250 millones de años, una extraordinaria capacidad de adaptación y algunas pistas que la ciencia intenta descifrar para entender cómo regenerar tejidos, responder a los cambios ambientales y afrontar los desafíos de un planeta en transformación.
De la costa a la montaña: tres lagartijas ibéricas
Cuando pensamos en animales especialmente resistentes, solemos imaginar osos, lobos o grandes rapaces. Sin embargo, algunos de los ejemplos más sorprendentes de supervivencia se esconden a ras de suelo, entre piedras, troncos y muros, en pequeños reptiles que muchas veces apenas llaman nuestra atención.
En distintos viajes por la península ibérica he tenido la oportunidad de fotografiar tres especies del género Podarcis: la lagartija roquera (Podarcis muralis) en Cantabria, la lagartija parda (Podarcis liolepis) en el interior de Valencia y la lagartija balear (Podarcis lilfordi) en la isla de Cabrera.
A primera vista pueden parecer muy similares, pero cada una refleja una historia distinta de adaptación a su entorno. Las tres comparten, además, una de las capacidades más llamativas de muchos lagartos: la autotomía y posterior regeneración de la cola, una estrategia defensiva que conecta evolución, ecología y biomedicina. Dejadme que os lo cuente.
Cabrera: una isla convertida en laboratorio evolutivo
Nuestra primera parada es el Parque Nacional del Archipiélago de Cabrera, donde vive una auténtica joya evolutiva: la lagartija balear (Podarcis lilfordi).
Aislada durante miles de años en pequeñas islas mediterráneas, cada población ha seguido su propio camino evolutivo. Algunas presentan diferencias de tamaño, coloración o comportamiento tan marcadas que cuesta creer que pertenezcan a la misma especie.

Lagartija balear (Podarcis lilfordi) fotografiada en la isla de Cabrera. La intensa coloración azulada contrasta con el tramo distal de la cola, de aspecto y tonalidad diferentes, correspondiente a una porción regenerada tras un episodio previo de autotomía.

Lagartija balear (Podarcis lilfordi) en Cabrera, una especie muy abundante y habituada a la presencia humana. Este ejemplar porta en la boca lo que parece una pequeña espiga, reflejo de su dieta oportunista y variada.
Este aislamiento convierte Cabrera en un laboratorio natural para estudiar cómo evolucionan las poblaciones cuando el intercambio genético prácticamente desaparece. Para ello, las modernas técnicas de secuenciación de ADN, que permiten reconstruir esa historia analizando cientos de miles de variantes genéticas distribuidas por todo el genoma, nos pueden ser de gran ayuda. Es exactamente el mismo tipo de herramientas que hoy emplean los científicos para estudiar cáncer, enfermedades hereditarias, microorganismos o evolución viral.
Cantabria: sobrevivir bajo un clima impredecible
Viajemos ahora a la cornisa cantábrica, donde el verano nunca está garantizado del todo. Un mismo día puede alternar lluvia, niebla y sol intenso. Allí puedes encontrar fácilmente a la lagartija roquera (Podarcis muralis), que como todos los reptiles, son ectotermas. Su temperatura corporal depende en gran medida del ambiente, pero eso no significa que sean simples esclavos del clima: buscan superficies soleadas, cambian su orientación y se refugian cuando alcanzan temperaturas demasiado elevadas.
Más al sur encontramos el problema contrario. Durante el verano mediterráneo, una lagartija debe evitar precisamente el sobrecalentamiento. Dos ambientes muy distintos y una misma estrategia: utilizar el comportamiento para mantener la fisiología dentro de unos límites compatibles con la vida.
Pero las lagartijas guardan una adaptación todavía más sorprendente.

Lagartija roquera (Podarcis muralis) fotografiada en Cantabria, aprovechando una superficie expuesta al sol para elevar su temperatura corporal, como es habitual en estos reptiles ectotermos. El cambio brusco de coloración y patrón de la cola indica además que probablemente fue perdida por autotomía y posteriormente regenerada.
Cuando sobrevivir significa saber cuándo esconderse
Como hemos comentado, el escenario cambia completamente en el interior valenciano. Aquí el problema ya no es calentarse, sino evitar sobrecalentarse. Durante las horas más calurosas, estos animales alternan periodos de exposición solar con retiradas rápidas hacia grietas y zonas de sombra.

Lagartija parda, fotografiada en agosto de 2025 en Playamonte (Valencia), caracterizada por una cola extraordinariamente larga, que puede superar ampliamente la longitud del cuerpo. Además de intervenir en el equilibrio y la locomoción, la cola constituye una estructura clave frente a los depredadores gracias a la capacidad de autotomía y posterior regeneración.
La lagartija fotografiada pertenece al género Podarcis y probablemente corresponde a la lagartija parda (Podarcis liolepis). Su coloración parda y moteada se integra perfectamente con piedras, troncos y suelos secos.

Lagartija joven del género Podarcis capturada en la Eliana, Valencia en agosto de 2026. La piel queratinizada reduce la pérdida de agua y las protege frente al ambiente terrestre. Sus grandes ojos son esenciales para detectar presas y depredadores, mientras que los pequeños orificios nasales, situados cerca del extremo del hocico, permiten captar las señales químicas del entorno mientras el resto del cuerpo protegido entre piedras o grietas.

La pata de la lagartija presenta cinco dedos largos y móviles, recubiertos por pequeñas escamas y terminados en garras curvas. Esta anatomía le proporciona agarre y precisión al desplazarse por superficies irregulares, trepar y aferrarse a grietas, rocas o vegetación.
Su coloración no es casual. Las manchas oscuras rompen la silueta del cuerpo y dificultan que aves rapaces, culebras o pequeños mamíferos detecten su contorno. Pero cuando el camuflaje falla, todavía dispone de una última estrategia: puede abandonar una parte de su propio cuerpo.
Autotomía caudal: perder una parte para salvar el todo
Imaginemos que una de esas lagartijas es atacada por un ave. El depredador consigue agarrarla por la cola. Y entonces ocurre algo extraordinario: la lagartija se desprende voluntariamente de una parte de su cuerpo. No es ciencia ficción. Es biología regenerativa ocurriendo delante de nosotros y se denomina autotomía caudal.
La separación ocurre por regiones anatómicas predispuestas a romperse. Al mismo tiempo se ponen en marcha mecanismos que limitan rápidamente la hemorragia. Mientras la lagartija huye, la cola desprendida continúa moviéndose., desviando así la atención del depredador.
Desde el punto de vista evolutivo, resulta una estrategia brillante: dirigir el ataque hacia una estructura relativamente prescindible para proteger órganos esenciales. Sin embargo, el precio no es pequeño: La cola participa en el equilibrio, la locomoción y, en muchas especies, almacena importantes reservas energéticas.
Desde el punto de vista biomédico, lo verdaderamente interesante comienza unos días después. Porque la herida no se limita a cicatrizar. Empieza a regenerarse.

Lagartija balear (Podarcis lilfordi) fotografiada en la isla de Cabrera en 2010, con la cola en proceso de regeneración tras un episodio de autotomía. La nueva porción caudal, todavía en crecimiento, permite observar de forma directa una de las adaptaciones defensivas más características de muchos lacértidos.
Puede parecer un detalle anecdótico, pero la regeneración de la cola genera multitud de preguntas a los científicos. Por ejemplo, los biólogos evolutivos y ecólogos se preguntan cómo la selección natural favoreció esta estrategia o si podemos cuantificar la presión de depredación observando cuántos individuos presentan colas regeneradas.
Por su parte, los biólogos moleculares quieren saber qué mecanismos moleculares imposibles para nuestra especie tienen lugar, así como qué genes y señales celulares controlan ese proceso de regeneración caudal.
Para un biomédico o biotecnólogo, las preguntas tienen un enfoque más aplicado: ¿cómo se repara un tejido después de una lesión?, ¿cómo se coordinan inflamación, proliferación celular, vascularización e inervación?.
Regeneración frente a cicatrización: ¿qué estrategia es mejor?
Una de las preguntas más fascinantes para la biomedicina es ¿por qué una lagartija puede regenerar una estructura compleja mientras que los mamíferos respondemos a lesiones similares principalmente mediante cicatrización y fibrosis?
La respuesta probablemente no se encuentra en un supuesto «gen de la regeneración», sino en la coordinación de muchas rutas relacionadas con inflamación, proliferación celular, angiogénesis, señalización nerviosa y organización de la matriz extracelular.
Ante una lesión importante, el organismo humano responde rápidamente para cerrar la herida cuanto antes. Se activa la coagulación, llegan células inmunitarias, proliferan fibroblastos y comienza la deposición de matriz extracelular. El problema es que esa reparación suele terminar formando tejido cicatricial, muy eficaz para reparar, pero bastante malo para regenerar. Su principal componente es una matriz extracelular muy rica y densamente organizada en colágeno. Esa matriz tiene varias consecuencias:
Primero, constituye una barrera física. Las células que deben migrar hacia la zona lesionada para reconstruir el tejido encuentran mucho más difícil atravesar una matriz fibrótica compacta.
Segundo, la cicatriz genera un entorno molecular que favorece que las células se conviertan en fibroblastos productores de matriz, en lugar de permanecer proliferativas y participar en la reconstrucción del órgano. Señales como TGF-β son importantes en este proceso: una activación intensa y prolongada favorece fibrosis; una respuesta más controlada permite regeneración.
Y hay un tercer aspecto especialmente importante en la cola: los nervios tienen que volver a crecer. La regeneración de la cola de los lagartos depende enormemente de la reinervación. Una matriz fibrótica densa puede obstaculizar el crecimiento de los axones y alterar las señales que mantienen proliferando a las células regenerativas.

Comparación entre la cicatrización en mamíferos y la regeneración de la cola en lagartos. Ilustración generada con inteligencia artificial mediante ChatGPT (OpenAI), a partir de contenido y supervisión del autor.
La lagartija sigue un camino diferente. Tras la autotomía de la cola ocurre primero algo parecido a nuestra curación de heridas: se detiene la hemorragia y la superficie se cubre rápidamente por un epitelio de herida. Pero después, en lugar de producir una gran acumulación de colágeno y fibroblastos que selle permanentemente la zona, se forma debajo una población de células proliferativas que contribuirá a reconstruir piel, vasos sanguíneos, músculo, tejido conjuntivo, nervios y una estructura cartilaginosa en forma de tubo que sustituye la cola original.
Aquí surge una cuestión esencial para la medicina regenerativa: tras la amputación, ¿cómo consigue el organismo activar una proliferación intensa sin convertirla en crecimiento descontrolado?. La frontera entre regeneración y cáncer es biológicamente mucho más interesante de lo que parece.
Con herramientas como RNA-seq, proteómica, transcriptómica de célula única o transcriptómica espacial podemos investigar qué células participan, qué genes se activan y cómo cambia el tejido durante las diferentes etapas de regeneración. Vamos, que una simple lagartija tomando el sol nos puede dar paso a todo un proyecto de biología molecular.
¡Hasta la próxima amigos!
Pd: Si quieres saber más sobre cómo exactamente las lagartijas pierden la cola, échale un vistazo a este vídeo de la Asociación Iberozoa:
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